19 agosto, 2011
Mi alma, la eterna escapista
No hay nada de luz en este cuerpo extendido por el suelo. Mi alma alcanza un sabor a mar eterno, un mar de voces que cantan un eco lejano de un niño lejano que recita el infierno y lo transforma con sus dedos en un sol. Nada hay en su alma que no sea oscuridad eterna, nada hay en su alma que no sea un susurro cotidiano que regresa al mar con ojos atentos a las nubes que le pertenecen en silencio. Hay silencios que duran lo que el sol, hay silencios que duran. Lo que un eco. Hay silencios. Que nacen del horror, que se viste a veces de palabras. Me visto de palabras viejas, de ecos de un mundo subterráneo devorado por los peces. Me escapo del mundo en forma de animal nocturno, me escapo del mundo en un suspiro, me escapo. Muero en el mundo, sueño en el mundo. La eternidad pesa en su olvido, se ríe como un árbol atormentado por el viento, se ríe. La eternidad es el olvido de un sueño profundo que agita mi garganta. Mi voz intenta escapar de mi cuerpo, subir, desterrarse de mi cuerpo. Mi voz quiere ser la eterna desterrada. Pero mi voz se ha perdido en el desierto, que es mi alma. Mi voz, la eterna desterrada. De las sombras. La eterna desterrada. La escapista de fuego. La escapista. La mosca. Mi alma, una pequeña mosca.
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