
Mi primer encuentro con ellos es sencillo de entender. Mi voluntad era chiquita, y mi madre, con aquel poder que suelen tener las madres, me persuadió de que un pececito sería la mejor mascota para una niña que vive en el cuarto piso de un departamento un tanto rectangular y angosto. Seguramente, pensé, un pez será la mejor mascota para una niña que vive en el cuarto piso de un departamento un tanto rectangular y angosto. De esta manera, me hice a la idea que tendría que visitar constantemente los acuarios y conseguir comida para animales tan rojos y verdes, tan amarillos y azules… Arteminas, artemias era lo que comían. Yo pensaba en esos pobres animalitos, tan pequeños… tan pequeños. Eran como camaroncitos. Y se movían con miedo, sabían que serían devorados por mis peces amarillos y azules. Yo no podía salvarlos. Mi madre me convenció que las artemias eran el mejor alimento para seres tan escurridizos. Entonces yo me quedaba sentada y veía como sus bocas se abrían y devoraban a los pequeños rojos. Los pequeños rojos... Esos pequeños
La historia es sencilla. Crecí con peces.
Mi segundo encuentro con ellos sucedió un mes de Abril, quizás antes. Llegó Brasil, y con él llegaron más peces y colores. A él le hubiera gustado dedicarse a bucear. Pero no. Se convirtió en un buen retórico. A veces me gusta pensar que solo a mí me hablaba de peces.
La historia es sencilla. Crecí con peces.
Mi segundo encuentro con ellos sucedió un mes de Abril, quizás antes. Llegó Brasil, y con él llegaron más peces y colores. A él le hubiera gustado dedicarse a bucear. Pero no. Se convirtió en un buen retórico. A veces me gusta pensar que solo a mí me hablaba de peces.
Él tarareaba, si, tarareaba…y apenas se llegaba a escuchar su canto - Chega de saudade- , pero llegando a la frase: Pois há menos peixinhos à nadar no mar do que os beijinhos que eu darei na sua boca, olvidaba el tarareo y éste se convertía en un canto profundo y fuerte. Me enamoré de la canción. Me enamoré de los peces. Me enamoré del mar… A los peces los visité un día de Abril, llegué en bote y con antifaz marino. Al principio me ahogué varias veces, no podía dejar de reír. Reír es una de las cosas que uno no puede hacer sumergido en mar. Uno tiene que poner cara seria y aguantarse la emoción, uno tiene que perseguir a los peces despacito despacito. Si uno se emociona pierde, o se atora en una roca, o se ataca de la risa. Así que solo movía la cabeza, la movía de un lado al otro para sacar tanta emoción acumulada.
Mi tercer encuentro sucedió hace poco. Al respecto solo declararé lo siguiente:
Es imposible escapar de la Rayuela, es imposible. Inevitablemente te atrapa de una u otra forma. A mi me atrapó casi sin darme cuenta. Me atrapó. Me gusta pensar que yo la atrapé. Pero no. Ella existió mucho antes que yo. Yo, por el contrario, soy pequeña.
Seguí el consejo de mis buenos amigos. Comencé a jugar.
Todo se volvió a llenar de peces, y de la frase “nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos”. Me enamoré de México, me enamoré de sus peces. Pero Rayuela me jugaría una mala broma. México volaría a Francia. Si. Volaría. Y yo me preguntaba ¿Volveré a verlo? ¿Se volverá a llenar mi boca de peces?

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